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El siglo XXI ha conocido el inicio de la llamada
“Guerra Global Contra el Terrorismo”. Después del
11-S, los Estados Unidos se lanzaron a una campaña
mundial de conquistas para salvaguardar sus
intereses e imponerse como única superpotencia de
alcance planetario. Afganistán e Irak fueron sus
primeras víctimas. Los que veíamos claro y no
teníamos el cerebro embrutecido por la sociedad de
consumo hicimos manifestaciones, huelgas, protestas,
sabotajes, que de nada sirvieron. En esa temprana
época no podíamos imaginarnos aún la gravedad de lo
que se nos venía encima.
Hacia el 2010, se hizo evidente que el potencial
americano, aunque grande, no bastaba para controlar
los territorios conquistados, así que se hizo un
llamamiento a las naciones aliadas.
España respondió de inmediato.
Y dispersó sus
ejércitos por medio mundo siguiendo la estela de
destrucción de los USA. Con el tiempo, los militares
ganaron influencia, y un nuevo gobierno subió al
poder; estaba compuesto por una nueva casta de
políticos ultraconservadores, integristas católicos
y monárquicos, que fueron recortando derechos
civiles a medida que la implicación en la guerra
exigía más y más sacrificios al país.
Para el primer
tercio del siglo, las antiguas libertades eran sólo
recuerdos.
Cuando Estados Unidos invadió el país número 18,
España se quedó sin soldados que enviar, y empezó a
reclutar reservistas civiles. Éstos pronto fueron
también insuficientes, así que se optó por recurrir
al colectivo más bien preparado y también más
molesto para el gobierno: los jóvenes.
Así nació el Parsley Army.
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