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Prefacio
El sol brillaba de mala manera ese sábado por la
tarde, haciendo que los ojos me dolieran más de lo
normal. Habiendo pasado más de nueve meses encerrada
en casa estudiando, la luz no me favorecía mucho.
Descargué la única maleta que llevaba en el
portaequipajes del autobús, después que parase en una
vieja estación al lado de la carretera. Al parecer era
la parada correcta.
Colgué bien mi mochila en la espalda y sujeté con
fuerza la enorme maleta.
Miré al cielo y suspiré.
Caminé hacía el pequeño cobertizo de madera
semipodrida donde me esperaba un banco en las mismas
condiciones. Me senté en él.
Sólo de notar mi peso, todo él se quejó, dejando salir
un crujido desgarrador. Sentía que en cualquier
momento me iba a caer.
Recosté la maleta a un lado del cobertizo llenándose
finamente de musgo.
Mis manos se encogieron con fuerza sobre mis rodillas
apretando con nerviosismo el pantalón tejando que
tanto me gustaba.
Se notaba que el verano había llegado, pese al fresco
que ofrecía la gran sombra de los árboles que me
rodeaban.
De repente, me di cuenta de que estaba sola en la
entrada de un denso bosque y eso me provocó un extraño
escalofrío que me recorrió toda la espalda.
Todos y cada uno de los centímetros de mi piel se
erizaron, haciéndome temer lo peor. Haciéndome entrar
el miedo.
Miedo a estar sola.
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