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   Augustus vom Metzger, Oportuno de segundo nombre, como de costumbre, apareció y pidió un baile a la esposa de Alexander von Fersen, que ella aceptó graciosamente, salvando con casualidad aparente a su mujer de la tortura de tener delante a lo que no fue, pero pudo haber sido, durante más tiempo. La interrupción del conde reavivó a los presentes, que parecieron recordar de golpe y porrazo que la música servía para algo más que para asentir rítmicamente al compás, y volvieron a dispersarse en busca de parejas de baile. Luisa María van Houten arrastró triunfalmente a Iván von Fersen al centro de la pista, donde todo el mundo pudiera admirar a su conquista, el joven Rodolphus von Richthofen se acercó a pedir un baile a Cordelia, que esperó el gesto de aprobación de Mathilde Aude Marie antes de dejarse conducir a la pista, Ariadna van Koophuis aprovechó que la anciana Noraima se había retirado pronto para sacar a bailar al bello Narciso, que llevaba toda la noche medio escondido tras una de las cristaleras sin perder nada de vista, y mucho menos a Cordelia, y la misma condesa se encontró en brazos de Albrecht von Richthofen, el primo de Augustus, un hombre tripón y jovial que nunca dejaba pasar la oportunidad de piropear a su prima política de la forma más inadecuada y de pellizcarle las posaderas, mientras el más pequeño de los Richthofen, Manfred, un niñito adorable de seis años rubio y pálido como el amanecer, que no debería estar fuera de la cama a esas horas, pero todo el mundo sabía que su tío Albrecht no hubiera sabido criar ni a una mala hierba, se acercaba a Mathilde y le pedía un baile, y, en general, todo el mundo recordaba que los bailes se llaman así por una razón. 

   Pero en todas las canciones que siguieron, la condesa no perdió ni un momento de vista a Cordelia ni a Iván van Fersen. Observó cómo su hija pasaba de los brazos de Rodolphus von Richthofen a los muy deseosos de Narciso, y luego a los de Augustus, y después a los de Albrecht von Richthofen, seguidamente a los del marqués de Trebuchet, y también por los del pequeño Manfred, mientras que el hijo de Alexander von Fersen circulaba entre los brazos de prácticamente todas las presentes, incluyendo a Ariadna van Koophuis, Mathilde Aude Marie y la misma condesa (que evitó mirarle a los ojos durante toda la canción). Hasta que se acabaron las parejas de baile y ocurrió lo inevitable. Olivia vom Metzger tuvo que reprimir el impulso de taparse los ojos al ver cómo Manfred von Richthofer se despedía de Cordelia con un tímido beso en la mano (la parte besable de la joven que le quedaba más cerca) e Iván von Fersen le tendía el brazo sin dudarlo. La orquestra atacó una polonesa, y los dos hermanos empezaron a bailar. Por un momento, Olivia vom Metzger temió caer fulminada por un rayo. Estaba segura de que todo el mundo se daría cuenta del temblor de sus manos, o de que alguien advertiría algún asombroso parecido entre los dos jóvenes, mas nadie dejó lo que estaba haciendo para fijarse en la pareja. La condesa miró a su alrededor, esperando encontrarse por lo menos con la solícita mirada de comprensión de Ariadna van Koophuis, pero su amiga volvía a girar en brazos de Augustus vom Metzger con la mirada clavada en Narciso, que bailaba con mucha gracia con una embelesada Mathilde Aude Marie en los brazos, y, con un suspiro, la condesa se resignó a pasar sola el mal trago. Porque, por más que lo intentara, no podía apartar los ojos de los dos jóvenes.

 

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