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Descubrió que Iván von Fersen era un muchacho inteligente,
ingenioso y encantador, y, muy para el pesar de la
condesa, muy parecido su padre cuando ella le conoció.
Hacía reír a las chicas constantemente, y el pequeño
Manfred le adoraba. Quien no parecía tan entusiasmado
con el recién llegado era Narciso. Acostumbrado a ser
el preferido de las damas gracias a su belleza casi
sobrenatural y maneras delicadas y a pesar de su
origen humilde, que, gracias a Ariadna van Koophuis,
pasaba mayormente inadvertido, no parecía nada
contento por la presencia de un rival. Porque, aunque
los dos se trataban con una suerte de reservada
camaradería, la rivalidad entre ellos era tan clara
como si estuviera escrita en el aire. Constantemente
se atacaban mútuamente, siempre con el mayor disimulo,
para establecer quién estaba en ventaja sobre el otro,
sin saber muy bien en relación a qué. Cuando Iván
mencionó sus estudios de medicina, enterado,
inexplicablemente, sobre el intento fallido de Narciso
por ingresar en la universidad de Viena, Narciso se
defendió sacando a colación la carrera de derecho que
había logrado gracias a las tutorías privadas pagadas
por Ariadna van Koophuis. Cuando Narciso se burló de
los jóvenes que vivían a expensas del dinero de sus
padres, Iván contraatacó haciéndole notar que ésas
eran nociones proletarias, y el desahogo económico,
viniera de donde viniera, siempre es preferible a no
tener nada. Angélica andaba siempre agobiada en el
trajín de recitar sus frases y, al mismo tiempo, dar
instrucciones a los demás, y no parecía advertir esta
lucha soterrada, pero Mathilde y Cordelia, cada una a
su manera, sí se daban cuenta. Aunque de eso la
condesa no percibió nada desde su escondite.
Llevaba varias tardes espiando los ensayos, no porque
ocurriera nada malo en ellos, sino porque sentía una
atormentada anticipación sólo de pensar en Cordelia e
Iván von Fersen juntos en la misma habitación. Hacía
un rato que, como siempre, había acercado una silla a
la puerta que comunicaba el estudio pequeño (el grande
era el despacho en el que Augustus vom Metzger recibía
a sus amigotes, y en el mediano la condesa tenía un
piano de cola y su colección de figuritas de marfil)
con la habitación en la que tenían lugar los ensayos.
Al otro lado de la puerta, la pared estaba cubierta de
un grueso tapiz, con lo cual la rendija por la que
Olivia vom Metzger espiaba a los jóvenes quedaba muy
bien disimulada. El único problema de su discreto
puesto de observación era un cierto entumecimiento en
las posaderas que acaecía al poco rato de aposentarse.
La condesa se removió en su asiento, y un escalofrío
de terror le recorrió la espalda. Alguien acababa de
ponerle la mano en el hombro. Lívida, volvió la cabeza
con eterna lentitud.
-Así que es aquí donde desapareces todas las tardes. ¡Olivia,
deberías estar avergonzada! –, dijo Ariadna van
Koophuis.
La condesa se llevó una mano al corazón que, por un momento,
había estado a punto de salírsele por la boca -. ¡Ay,
Ariadna! ¡Qué susto me has dado!
-Te lo mereces, por mirona. Anda, hazme sitio -, la
reprendió cariñosamente su amiga mientras se sentaba
al lado de Olivia, quedando las dos juntas como
guisantes en su vaina sobre el escambel -. ¿Me he
perdido algo?
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