|
Capítulo X
Olivia vom Metzger pasó los días que siguieron al gran baile
del verano como si tuviera la cabeza metida dentro de
un cubo. Todo lo que ocurría a su alrededor le llegaba
distante y distorsionado. Se sentía como si estuviera
tratando de retener una corriente de agua con las
manos, con el líquido elemento escurriéndose
inevitablemente entre sus dedos.
Observaba con una suerte de horror remoto cómo Cordelia,
Angélica y Mathilde correteaban juntas por los
jardines, se trenzaban flores en el pelo y pasaban
largos ratos leyendo en sillas de mimbre junto al
cenador. Eso cuando no pasaban el rato haciendo
monerías al pequeño Manfred von Richthofer. Augustus
vom Metzger, a sugerencia de Ariadna van Koophuis,
había exhortado a su primo Albrecht que dejara el
cuidado del niño en manos más diestras que las suyas
durante un tiempo pues, de lo contrario, todo el mundo
temía que el pequeño Manfred, de apenas seis años
habría acabado el verano bebiendo whisky de garrafón,
pellizcando las posaderas de las doncellas y
maldicendo como un estibador de muelle, cosa que todos
suponían que sus padres no encontrarían muy gracioso.
Manfred von Richthofer era un niño muy despierto, y a
pesar de su corta edad se tenía sobre cualquier
caballo con la habilidad del jinete más experimentado,
y su destreza con la espada podía rivalizar con la de
cualquier adulto. Las tres damiselas se partían de la
risa cuando el pequeño se acercaba a ellas para
retarlas a duelo con un plumero viejo, pero no
cometieron la imprudencia de responder al desafío. Lo
que sí hacían con mucho gusto era permitir que las
acompañara a dar prolongados paseos a caballo, que se
acababan convirtiendo en excursiones que terminaban a
la orilla de algún arroyuelo con una opulenta
merienda. La condesa se sentía vagamente tranquilizada
por estas excursiones, pues creía que nada malo podría
ocurrirle a Cordelia rodeada de tanta inocencia.
Pero cuando Angélica hubo terminado todos los libros que la
modesta biblioteca vom Metzger ponía a su disposición,
se encontró sin una de sus distracciones favoritas.
Ariadna van Koophuis había confiscado todas sus
novelas de terror nada más verlas asomar del baúl, por
considerarlas muy poco apropiadas para una jovencita
(pero, aunque nunca lo admitiría, Ariadna había pasado
unos ratos estremecedoramente maravillosos acurrucada
en su alcoba y leyendo con auténtica devoción las
obras de un cierto autor alemán llamado Hoffmann, cuyo
libro también había sido secuestrado del arsenal de su
sobrina, que escribía las narraciones más palpitantes
sobre fantasmas y demonios). Lo único que se le había
permitido guardar eran sus libros de poesía, pues su
tía consideró que la poesía era bastante inofensiva
(Ariadna van Koophuis tenía momentos de verdadera
candidez) y muy útil para practicar idiomas
extranjeros, y “Las penalidades del joven Werther”,
porque a Ariadna van Koophuis nunca se le habría
ocurrido vetar a un poeta alemán. Pero Angélica, por
fuerte que latiera el romanticismo en su corazón con
un siglo de retraso, empezó aburrirse una vez se hubo
aprendido de memoria todos los versos jamás escritos
por William Blake y hubo perseguido a su tía
recitándoselos extasiada durante todo un día (día que
culminó con una escena interesante en la que Ariadna
van Koophuis amenazó con lanzar a su sobrina al lago
con todos sus dichosos libros atados al cuello si no
se callaba). Y entonces el desastre llegó a sus manos.
Ariadna van Koophuis tampoco había escondido de su
sobrina un pesado volumen en cuero repujado que
contenía varias obras de teatro de William Shakespeare,
de modo que cuando la joven tuvo la brillante idea de
poner en escena “Sueño de una noche de verano” en el
jardín de los vom Metzger, a su tía le pareció una
estupenda idea para tener a “las niñas” entretenidas,
y Olivia vom Metzger consintió benignamente a la
empresa.
 |
 |
|