Web diseñada por E. Sempere

Leer

Descargar

Una obra de Mízar

 

  

Capítulo 4      

            Por el día, su escamosa piel mezclaba el azul grisáceo con el lavanda suave, sin embargo, al tocarle la luz de la luna, Álcor, se convertía en un manto de plata que sobrevolaba el Templo. Ella, su mejor amiga, la que más le quería, le había llamado y la urgencia de sus pensamientos le habían puesto muy nervioso. Un dragón normal no amaría a una mujer humana, pero él no era uno más. Sus grandes alas, el enorme y estilizado cuerpo, y su cálido y latente corazón, existían sólo para ella, Mítara era la Diosa de su alma. Sabía que hoy no podría aterrizar, que no podría comunicarse con ella como siempre, porque el tiempo apremiaba, pero no pudo evitar dar un par de vueltas sobre el Templo para contemplarla.

            Verlo volar era una maravilla de la Diosa, así pensaba Mítara cada vez que veía a su más amado compañero. Asesinos, que grave error cometían los demás llamándoles así. Desde pequeña había adorado a los dragones, leía los libros de magia para conocerlos mejor y ver sus ilustraciones, poco a poco, había aprendido la antigua forma de comunicación con ellos, y cuando aquel Guardián del Silencio le enseñó el huevo de dragón que escondía, supo que siempre permanecería al lado de aquella hermosa criatura.

            “Ven a mí, querido Álcor”. Su voz telepática era tan dulce y suave como la real. “Ven y llévatelo”.

            “Voy, mi señora”. Notó como ella le reprimía por esas palabras, odiaba que él la llamara así, como si fuera su dueña, aunque él lo hacía por amor. “No te enfades, querida Mítara. Lánzalo al aire y yo lo agarraré, sé que pesa, pero tienes que intentarlo”. Sintió en su mente la afirmación de la joven y descendió a una velocidad moderada. Ella concentró todas sus fuerzas en el lanzamiento del Báculo, el cual estaba cubierto por la misma tela violeta que había llevado en el Consejo, y lo arrojó hacia arriba. En un suspiro, Álcor pasó sobre su cabeza y encerró el objeto entre sus garras. “Desearía poder estar más tiempo contigo, pero comprendo que no puedo. Hasta pronto, amada Mítara”

            “Adiós, querido amigo”. Salió del Templo por el Salón Sagrado, y se dirigió hacia el gran bosque que comenzaba tras de éste, Vesta iba a su lado, siguiendo sus pasos. Álcor observó como se perdían entre las ramas y sintiendo una amarga angustia voló sobre el bosque en dirección a las Montañas Amatista.

            En ningún animal nacían sentimientos humanos, eso era lo que decían los libros de Mítara, pero no era cierto. Ella le había querido como una hermana, escondida del mundo, pues era un crimen dejar vivo a un dragón y mucho más tenerlo de aliado, ella había ido a verle cada día, desde que era una cría, para llevarle comida o ayudar a aquel Guardián que le protegía. Ambos humanos habían cometido el mismo delito, pero sobre todo ella, pues el Guardián se marchó pronto, mientras que ella siguió siempre a su lado.

Anterior

Siguiente

XprésaT - Revista Digital de Medea Ediciones

Todos los trabajos pertenecen a sus respectivos autores, no utilizar sin permiso © 2006-2008