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Una obra de Mízar

 

  

            - La gente estará en sus casas, además él no ataca por naturaleza, sino para protegerse, y eso lo sabes. – Varn inclinó la cabeza, avergonzado, ante el reproche de la joven – Vendrá a mí, le he dicho que venga al Templo, allí le daré el cetro que más tarde me devolverá, cuando llegue al Palacio Celestial. – cerró la bolsa y miró al Rey con una sonrisa traviesa en los labios – No puedes negar que es imposible encontrar un guardián mejor, ¿o me equivoco?.  

            - No, tienes toda la razón. – Varn sonrió dulcemente, dejando ver que sus temores se desvanecían.

            - No quiero que te preocupes por mí. – Mítara se acercó al Rey y éste se levantó del sillón, quedando uno frente a otro, - Pero, - dijo cogiéndole las manos en gesto de ruego – reza por ella, pues sólo cuento con dos meses para cumplir mi misión y necesito que ella sea fuerte, por eso harán falta tus  plegarias y tu energía. – una lágrima asomó a su mejilla.

            - Rezaré por las dos.- con los dedos, Varn, limpió la lágrima que recorría el rostro de la mujer que tenía delante y, tras ello, la besó en la frente – Cuídate mucho, hermana. No podría soportar la muerte de Sharane, pero si os perdiera a ambas, creo que me quitaría la vida.

            - No me ayudas nada diciéndome eso. – dijo mientras él le abrazaba – Pues no me gustaría ver cómo el amor termina con la vida de otro de mis seres más queridos. – se separaron, la luna había salido, cogió la bolsa y se dispuso a marcharse – Hazme un último favor, - el Rey asintió- prepara tu boda para dentro de dos meses.

            Sonriendo, salió por la puerta, pero antes de llegar a la escalera que bajaba al primer piso, Varn cogió su brazo. Ella se giró y vio el rostro del Rey más serio que nunca.

            - No vuelvas a culparte por la muerte de Névar. – los ojos de Mítara se fijaron en los del Rey llenos de asombro – Y no te digas a ti misma que no volverás a amar, pues sabes muy bien que no conoces el amor de un hombre por mucho que te ocultes tras la muerte de Névar.

            - Tú... - dijo furiosa - tú no sabes nada. – se soltó de la mano que le asía, y se marchó corriendo.

            - Tu viaje ha comenzado, pequeña mía, y no podrás evitar reconocer mi verdad. – el Rey hablaba sólo, mirando, desde una ventana, como Mítara se alejaba a caballo –  Gran Diosa, enséñale a amar.

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